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Presentaciones del Libro de Ottone y Muñoz "Después de la quimera" PDF Imprimir E-mail

Les ofrecemos la transcripción de las presentaciones Enrique Correa (presidente de ProyectAmérica), Patricio Fernández y Lucas Sierra para el libro "Después de la quimera" escrito por los integrantes de la Corporación, Ernesto Ottone y Sergio Muñoz Riveros.

Palabras de Enrique Correa 

Todos los que hemos convertido la política en la pasión que ordena nuestras vidas, nos encontramos enfrente de un relato político e histórico simplemente fascinante. El libro de Ernesto Ottone y Sergio Muñoz nos describe la historia de un tiempo singular y trascendente.  Ellos encarnan en su conversación, el arquetipo de lo que ocurrió en Chile con una generación que vivió, para bien y para mal, el cambio de una época.

Crecieron soñando y trabajando con afán por una revolución que no vimos nunca y que no vendrá nunca más.  Terminaron siendo protagonistas y, en buena parte, arquitectos intelectuales y políticos de una revolución distinta, inmensamente mayor que los sueños juveniles: la transformación de nuestro país en una nación desarrollada como un horizonte alcanzable, visible, posible.

Su voz, sus recuerdos, sus crisis intelectuales, sus decepciones y sus nuevos sueños resumen la vida de muchos, que en medio de todas las mutaciones históricas que vivieron directamente, nunca dejaron de ser unos apasionados por el cambio.

Cambiar la sociedad, no someterse a la tiranía del status quo; ser dóciles sin embargo, al movimiento de la historia hacia el progreso; negarse siempre a ser conservadores; es la conducta que presta coherencia a la vida de los autores de este pedazo de la historia, contenida en la conversación que ordena el libro que hoy presentamos.

Dos afirmaciones surgen naturalmente de su lectura. 

La gigantesca crisis intelectual y política de la izquierda no fue un colapso sino el parto, el nacimiento de un nuevo afán: dar vía libre a una recomposición de un país futuro que combinara un Estado potente, un mercado dinámico y una sociedad libre, justa, con derechos garantizados para su gente.

La otra afirmación es que la modernidad no tiene un solo padre sino muchos.  La crónica de las ideas que este libro describe demuestra que no es cierto que las reformas y los conceptos que impulsan el camino por el que transitamos, tienen su origen en la derecha a la que se habría sumado con sus banderas caídas, una izquierda cabizbaja.

En la evolución de la izquierda ha estado la clave del nuevo acuerdo que ha convertido el sueño del desarrollo, en un objetivo viable, cierto, alcanzable.
Al pensamiento y la acción de miles y miles como Ottone y Muñoz, debemos este nuevo modo de pensar abierto al mercado, atento al Estado a su papel fundamental, obsesionado por construir una república en forma, acorde con los tiempos de la globalización y atentos a los cambios inmensos que nuestra sociedad ha experimentado.

Hay algo de mutación, algo de reposición y algo de persistencia en esta trayectoria.

De mutación, por el reconocimiento, sin temores atávicos ni complejos de culpa, del mercado como el lugar en el que se origina el impulso al desarrollo.
De reposición, por su empeño en convertir de nuevo a Chile en una república con sólidas instituciones objetivas, permanentes, estables.

Y persistencia, porque su apertura no la identifica con el olvido del Estado.  Sin un Estado unificador y productor de grandes políticas públicas, el mercado sería como un gigante ciego que produce riqueza sin reparar en los costos ni daños.

Esta conversación de Muñoz y Ottone desentraña bien esta matriz que nos ha permitido transitar desde un país lleno de horrores y divisiones a un país exitoso del que estamos orgullosos.

Una palabra final, el diálogo de  Sergio y Ernesto no es sólo un elogio a las ideas, es también un discurso sobre el método: la revolución terminó, se fue a la historia; lo nuevo son las reformas, la gradualidad, el acuerdo.

Si olvidamos el acuerdo y volvemos a la confrontación o al desalojo, el fantasma de la guerra perturbaría nuestro camino.

Si olvidamos la gradualidad, los mejores cambios se transformarán en desastres y los mejores sueños, en pesadillas.

 

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Después de la quimera
Por Patricio Fernández

Este libro es un diálogo escrito entre dos amigos de viaje. Pueden haber dormido en distintos hoteles o pensiones, pero han pasado más o menos por las mismas ciudades. Se nota que ambos saben de lo que están hablando, y que ambos saben, que ambos saben.  Mal que mal se trata de sus propias vidas. Es un viaje desde la ideología a la libertad de pensar. De la verdad revelada, a la verdad rebelde. Ernesto Ottone y Sergio Muñoz fueron comunistas, marxistas-leninistas, como le gustaba decir a Pinochet. Ambos fueron altos dirigentes del Partido. Conocieron de cerca el cerebro gris de la sociedad perfecta. Lucharon por el paraíso en la tierra, y se alistaron en el ejército de salvación. Juraron lealtad a la URSS, la tierra prometida, y consideraron, como buena parte de la intelectualidad del siglo XX, el compromiso un acto de entrega revolucionario.

A un cierto punto, Ottone y Muñoz se encuentran en una actividad antifascista, al otro lado de la cortina de hierro -un espacio que hoy sólo invita a pensar en frío y oscuridad -, y tras escuchar los discursos sovietizantes uno le dice al otro: parece que ha llegado el momento de revisarlo todo. “¿Todo-todo?”, pregunta Ottone. “Cuando asentí –recuerda Muñoz-, tú sonreiste de modo cómplice y dijiste que estabas de acuerdo, que se trataba precisamente de eso”. “La verdadera batalla –dicen los autores- era volver a pensar”. El libro es la conversación honesta y confiada de dos personas que han cambiado de parecer.

Por años, ya caído el muro, muchos intentaron excusar los pecados del socialismo real, argumentando que no era la idea la mala, sino su realización. No era fácil reconocer el error, ni mucho menos el horror que subyacía bajo la promesa comunista. Se esgrimían conocimientos misteriosos, datos incontrastables, el punto en que la realidad se había desviado del libro canónico. Los autores de este libro, en cambio, se van como hacha a la idea. No se concentran en los actos totalitarios, sino en el peso de las ideas totalizantes. Le caen encima a la idea de revolución, la idea de igualitarismo, y, para ser francos, a la idea misma de socialismo. En realidad no se van como hacha, porque estos contertulios se parecen más a las viejas tejedoras que a los leñadores furiosos. No hay rabia ni declamaciones exaltadas: la pasión convive con la paciencia. Como las tejedoras, han llegado a la cálida conclusión de que se conversa mejor entrelazando la lana que derribando árboles a hachazos. Así, al menos, se tejen chalecos para el frío mientras se busca la verdad.

“Después de la Quimera” parece que el mundo se ve mejor. La sociedad y las personas se revelan más complejas que antes. Seguro que Freud ayudó en el proceso. La realidad, con todas sus miserias a cuestas, sale enriquecida. La observación independizada permite descubrir en la vida misma preguntas infinitas a las que ninguna filosofía podría aspirar a dar respuesta en conjunto. La revolución, decía Conrad en la novela Nostromo, pretende siempre comenzar de nuevo, como si no valiera nada lo de antes, como si nuestros antepasados fueran una tropa de idiotas y así también todos quienes pensaran distinto. La revolución, como la imaginamos en algún momento, era una falta de respeto. Me temo que desoía incluso la música fina de esos por los que luchaba. No podía aceptar que, a fin de cuentas, la razón o la tienen todos, o no la tiene nadie. Algo hay de ella en todas partes. Y es la convicción de que hay algo de verdad en todos lo que vuelve más apasionante la historia. Entonces ya el pobre no es sólo un pobre, sino un interlocutor. Un trozo de esa verdad tan valioso como el del más millonario. Ni más ni menos. Alguien igual a lo que uno sería de correr otra suerte, y que merece la posibilidad de desplegar sus potencialidades. Ottone y Muñoz parecen disfrutar de su liberación. Encantarse con su nueva condición de aves que aspiran a todas las preguntas, sin la obligación de hallarles respuesta. Políticamente lo resumiría así: que participen los más posibles, y vamos viendo en el camino. Resulta inevitable considerar, detrás de algunas de las palabras de Ernesto Ottone, su estadía en el Segundo Piso, un sitio de reminiscencias fantasmales, pero harto cercano a la experiencia misma del poder. Se trata de convicciones sostenidas, como se dice, con guitarra. Ninguno de los dos se refugia en Pinochet para excusarse de nada. Asoman los muertos que quedaron en el camino, pero no se hacen malabares con sus huesos. La revisión profunda no deslinda culpas. Mal que mal ellos también habían sido ciegos frente a la realidad de otras dictaduras en nombre del proletariado.

Todavía a finales del gobierno de Pinochet, el grado de oposición a la dictadura se suponía directamente proporcional al vigor revolucionario de las convicciones. Mientras más izquierdista, mejor. Era un asunto absurdamente moral. El nivel de intransigencia era equivalente a la prestancia ética. El completamente convencido, el sin mellas, el sin grietas, el estatua viviente era el ejemplo a seguir. La dictadura había detenido el tiempo. Había que ser revolucionario para conseguir algún prestigio. De lo contrario uno caía en el corral de los pavos y las pavas. Más de alguna vez he sospechado que en esos tiempos de sueños grandiosos, por momentos, lo que nos fascinaba no era sólo el urgente mejoramiento que requería el mundo, sino también el ejercicio narcisista de contemplar los propios sueños. De otro modo hay comportamientos que resultan incompresibles. No es posible entender, por ejemplo, que ante demostraciones concretas y evidentes, el feligrés revolucionario  prefiera continuar defendiendo sus entelequias. Se llegaba al absurdo de considerar una especie de traidor al pobre que surgía ajeno a los discursos. Imperaba lo bullicioso, y cosa que hoy me resulta inaceptable, la peligrosa ilusión  de que el estado y la política debían ser el reflejo de nuestras extravagancias. Si éramos rockeros, el gobierno debía ser rockero; si marihuaneros, todos fumar marihuana; si nos gustaban los bolsitos de lana, nada de maletines, toda la Moneda con bolsitos de lana. Tras diez años trabajando en The Clinic, agradezco que se nos halla quitado la tontera. Que en el gobierno reine la cordura, para que entre los ciudadanos pueda florecer pacíficamente la excentricidad.

La última palabra de este libro es “modestia”. Se trata de lo que probablemente estos amigos consideren el valor central de cualquier proyecto y diálogo a sostener. Modestia para buscar la razón en el otro más que el disenso, modestia para saber que nada se consigue de un día para otro, modestia para aceptar que los logros siempre serán menores que las pretensiones, modestia para cambiar de ruta si las circunstancias lo requieren, modestia para descubrir lo extraordinario de lo vulgar, más que lo vulgar de lo extraordinario. Hablamos de esa modestia a la que ninguna reflexión actual puede renunciar sin cegarse, porque es la misma que permite revisar el pasado para aprender y no para asfixiarnos entre monumentos. Sólo con cierta modestia se puede pensar libremente, a sabiendas de que nada es definitivo y de que no hay pensamiento correcto. “No nos ponemos de acuerdo cuando encontramos la verdad; encontramos la verdad cuando nos hemos puesto de acuerdo”, dice Vattimo.

Una última cosa: tengo amigos a los que les molesta que un comunista deje de ser comunista, que un ateo se ponga beato, que un pobre se vuelva rico y que un libro venda muchas copias. Esos preferirían, en el fondo, que el mundo siga tal cual para que sus diatribas no pasen de moda. Son, si nos fijamos bien, demasiado parecidos a los derechistas recalcitrantes, sólo que sin ninguno de sus privilegios. A Ottone y Muñoz los mueve el cambio, los descubrimientos, las posibilidades. Lejos de oprimir, su conversación orea.

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Palabras de Lucas Sierra, profesor de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile e investigador del CEP, en la presentación del libro “Después de la quimera”.


Al empezar este libro, sus autores reproducen las tres acepciones que de la voz quimera entrega el diccionario de la RAE. Una es “aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo.” Otra se refiere a un monstruo imaginario de la mitología griega, que tenía cabeza de león, vientre de cabra, cola de dragón y echaba fuego por la boca. La tercera se refiere a una pendencia, riña o contienda.

Muñoz y Ottone se definen como “soñadores con los pies en la tierra”. Siguen soñando, nos aseguran, pero ahora con los pies bien puestos en la tierra. Finalmente, los han plantado en ella, después de la quimera. ¿Después de cuál quimera?

• ¿Después de la imaginación exacerbada y engañosa?
• ¿Después de ese monstruo terrible, más terrible que un imbunche?
• ¿Después de una riña?

Me parece que después de las tres. Y me parece también que entre estas tres quimeras es posible advertir una cierta secuencia. A la imaginación desbordada de la juventud, siguió el monstruo escupe-fuego, y a éste, siguió una riña de la adultez. Hoy, en la madurez, ellos miran y evalúan esta secuencia. Hoy, después de las quimeras.
A los autores les ha tocado de cerca, a veces demasiado cerca, la historia de Chile (y del mundo) en los últimos cincuenta años. La han vivido, la han actuado, la han sufrido, celebrado, y la han pensado.

Su juventud coincidió con una época en que el cambio social era, como ellos lo dicen, un “imperativo”. Fue el tiempo que Mario Góngora, en uno de sus trabajos más intuitivos, llamó la “época de las planificaciones globales”. La época en que se creyó posible adelantar la historia, traer el futuro al presente, mediante un gigantesco esfuerzo de ingeniería social desplegado desde el Estado.

1964 es un año clave. Ottone vive la elección de Frei Montalva como un joven cadete en la Escuela Militar (donde confiesa haberse “chilenizado”). Muñoz lo hace como estudiante de primer año en el Instituto Pedagógico de la Chile, y militante hacía un par de años de las JJCC.
Se lee en el libro:
“Somos hijos de un tiempo en el que la idea de los cambios estaba en el aire. Por cierto que éramos todavía muy jóvenes para entender que los países se mueven dentro de una lógica de conservación y transformación, que nunca se parte de cero, que los intentos de refundación nacional suelen terminar mal. No sabíamos tampoco que a veces los cambios son para peor y que si hay algo peligroso para la comunidad es el surgimiento de fuerzas animadas por un espíritu mesiánico, portadoras de “toda la verdad.”

Y esta primera quimera, este sueño de la razón, tuvo que ver con la producción de los monstruos que siguieron. Los autores afirman la necesidad de “enfrentar el hecho brutal de que la izquierda chilena encabezó un gobierno que fue la antesala del infierno. No era eso lo que buscaba el proyecto allendista, pero fue  lo que ocurrió.” Y agregan: “Hay que decirlo sin rodeos: la UP fue una fuerza minoritaria con fines desmesurados.”

Es la segunda quimera, la monstruosa. No sólo es el monstruo que aquí empezó a escupir fuego el 11/09/1973. También es el de los “socialismos reales”, en Europa del Este, Cuba, Camboya, que a los autores les tocó vivir mientras nuestro monstruo seguía por acá escupiendo fuego. Entre paréntesis, una precisión casi innecesaria: En la mitología griega, la quimera es un monstruo imaginario. Estas quimeras no tuvieron nada de imaginario. Fueron, por el contrario, de una realidad fulminante. Tan reales, y tan fulminantes, como Tres Alamos, el exilio o la ortodoxia vigilante del Instituto Lipschutz, por mencionar algunos ejemplos. Los autores lo ponen bien: “Llevamos la marca de 1973 en la mente y en el corazón.”

En esta secuencia que se percibe entre la quimera como el esfuerzo político por realizar la utopía, por tocar el paraíso en la tierra; primero, y la quimera como monstruo, después; radica lo más conmovedor de este libro. Ottone y Muñoz reconocen esta secuencia, reconocen su calidad de actores en ella, la enfrentan y se enfrentan consigo mismos respecto de ella.
Aquí aparece el tercer sentido de quimera: el conflicto, la pendencia. Pero esta es una riña que los autores han sostenido con ellos mismos, a propósito de sus propias biografías. Dicen:

“Hemos tratado de mirar la historia de nuestro país con los ojos muy abiertos y de no darnos excusas confortables respecto de los errores cometidos…” Y luego, “…no tenemos temor de reconocer que nos equivocamos en el camino y que hemos juzgado nuestras propias responsabilidades sin contemplaciones”.

Este reconocimiento da al libro un cierto carácter de ejercicio terapéutico, de confesión, y de alguna absolución. También de honestidad. De alguna manera, todo el relato descasa sobre esta honestidad. En ella radica, creo, el tono moral que es posible oír. Moral, digo, porque no es en absoluto moralizante. Por suerte.

La quimera como riña, como auto-riña, también se ve en la separación de los autores del PC. Como uno podría imaginar, el Partido se experimentó como una verdadera religión secular. Dice Muñoz con cierta candidez:
“No quiero pasar por alto la influencia de la ruptura religiosa en mi ingreso a las filas comunistas. Para mí fue como el paso natural después de distanciarme del catolicismo heredado de mi familia… en rigor, era un cambio de iglesia, pero me demoré muchos años en darme cuenta.” Como sabemos, el distanciamiento de las religiones suele ser algo traumático.

Ambos describen sus procesos revisionistas. Ottone fija el germen del suyo en 1968, cuando conoció a unos comunistas italianos críticos de la invasión soviética en Checoslovaquia. Para ambos, cuentan, fue muy importante una conversación que tuvieron a fines de 1977 en Budapest. En ella avanzaron la posibilidad de cuestionar su compromiso con el PC. Tras responderse afirmativamente la pregunta por cuestionarlo “todo”, se preguntan si “todo-todo”. La respuesta de nuevo fue afirmativa. Ambos abandonarían el partido durante los 80.

Como suele ocurrir con los relatos testimoniales, el libro tiene episodios y anécdotas sabrosas, que sirven para entender mejor nuestra historia política reciente. Me llamó la atención la descripción que Ottone hace del PC chileno hacia fines de los años 60:

Se había “llegado a construir… un gran partido perfectamente esquizofrénico: prosoviético sin fallas, ortodoxo doctrinariamente, fiel a la concepción revolucionaria de destrucción del capitalismo y del fin del Estado como meta última, pero que era a la vez bonachón y gradualista, apegado a la vía pacífica al socialismo… [el PC] era más bien sensato, de prácticas más reformistas que subversivas y se sentía cómodo en las estructuras parlamentarias de la República. Luchaba incansablemente por sacar ventajas para los más modestos… más allá de nuestra retórica revolucionaria, vivíamos la democracia burguesa como un bien natural y permanente que se podía tensionar hasta el infinito”

Esta descripción de la izquierda comunista es coherente con las descripciones que se hacen de la relación entre ella y las otras izquierdas de la época. La tensión entre el PC y el PS aflora en varias partes.
*Por ejemplo, la vacilante actitud que habría tenido el PS ante la sublevación del Regimiento Tacna en 1969, vacilación que contrastaría con la firme actitud del PC en la defensa del Gobierno constitucional.
*También se ve en los homenajes “sobrios” que el PC chileno habría rendido al Che Guevara tras su ejecución en 1967. Esto habría reflejado su distancia crítica de la ideología guevarista del “foquismo”, esto es, escribe Muñoz con ironía, “la concepción de que un grupo de iluminados podía descender de alguna montaña para liberar a los pobres.”
*Ottone relata otro caso. En 1977, al pensar la estrategia para terminar con la dictadura, la dirección del PC redactó el documento “Nuestro Proyecto Democrático”. En él se llamaba a una alianza amplia, con la DC, y que en sus aspectos conceptuales “casi” llegó a proclamar la democracia y el pluralismo como valores permanentes. Después, cuenta Ottone, unos amigos suyos del MAPU OC le reprocharon, “fraternal pero duramente”, las “desviaciones de derecha” del documento.

Estas diferencias entre las izquierdas, y entre nuestros autores con ellas, se habrían agudizado después, al decidirse la vía armada para enfrentar a la dictadura.

Finalmente, a la dictadura fue derrotada en las urnas. Así como la quimera monstruo fue derrotada por las flechas que Belerofonte le disparó desde el aire montado en su caballo Pegaso, los votos del NO derribaron a nuestra quimera local.

Llegamos, en fin, al período que se inicia en 1990 y de ahí al término del libro, en los días del Gobierno de la Presidenta Bachelet. Un tiempo de muchos progresos, del que los autores se sienten orgullosos con razón.
Ya con la mirada puesta en el futuro, los autores hacen un elogio del “reformismo” como actitud política. Esto no significa renegar de los ideales de justicia social que los llevaron a convertirse en revolucionarios, dicen, pero estos se acompañan con la convicción de que la democracia y la libertad no pueden ser sacrificados en el altar de la justicia social. Por el contrario, su respeto debe ser parte del esfuerzo por alcanzarla.

Es un objetivo encomiable, qué duda cabe, pero exigidos conceptualmente, reformismo y progresismo no son fáciles de definir, menos todavía de institucionalizar políticamente. Para Ottone, el progresismo moderno busca conjugar libertad, civilidad y prosperidad, incluyendo los derechos civiles y políticos (los más clásicos, de primera generación), y los derechos económicos y sociales (los menos clásicos de segunda generación). Eché de menos una actitud analítica más decidida en relación con esto. La consagración de objetivos de política pública como “derechos”, y no propiamente como objetivos de política, como igual salud o igual calidad educacional para todos, implica traer al ruedo de las decisiones a los jueces, desplazando a la política democrática. Estoy seguro que no es esto lo que quieren nuestros autores.
Luego se agrega que los componentes de la visión reformista son el “liberalismo social”, “el social cristianismo” y la “socialdemocracia”. ¿Liberalismo social? Como sabemos, el liberalismo es básicamente una teoría de lo político, antes que de lo social.

Entiendo que un libro de conversación como es éste, no es un buen lugar para estas obsesiones analíticas, por lo que sería muy interesante que en trabajos posteriores, los autores desarrollaran más qué significan, y como podrían hacerse operativos, los sugerentes conceptos que aquí avanzan. Esto, por un interés académico, pero también político, porque puestos así, se corre el riesgo de convocar nuevamente a la quimera. No a la monstruosa ni a la conflictiva, sino que a la de la imaginación desbocada. ¿Por qué? Porque parte de esta imaginación suponía que las sociedades pueden alcanzar, simultáneamente, todos los fines que estiman valiosos (maximizar al mismo tiempo libertad e igualdad). No hay que olvidar aquí a Isaiah Berlin, quizás el liberal más elegante del Siglo XX, que nos advirtió hasta el cansancio sobre el conflicto y tensión en que, a corto andar, entran los fines que estimamos valiosos, y el drama ineludible que envuelve el priorizarlos.

Quedamos a la espera, entonces, de la continuación que Muñoz y Ottone ojalá hagan de las sugerentes ideas que avanzan hacia el final de esta reflexión a dos voces.

Pero por ahora nos podemos quedar en las manos, acariciándolas, con las bases de una izquierda que es quizás el producto más valioso de esta larga experiencia que ha sido la Concertación. Una izquierda socialdemócrata, comprometida sin complejos con la democracia y sus formas, con las libertades individuales y con una aspiración inclaudicable por la igualdad, curada de nostalgias y transnoches, con cultura partidaria densa y preocupada antes de los ciudadanos que de los gremios y grupos organizados, vacunada contra el populismo, suficientemente confiada en el mercado, y laica.

Mirando el futuro, yo sólo espero que la consolidación definitiva de una izquierda así, no sea una quimera.

 

 

 

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